Ayer tuve un sueño, nada tan erótico como los sueños de otros, no fue malo. Se sentía bien. Fue real pero no de esos super reales, en verdad, se sentía como de otra dimensión.
Un hombre, pero no eras tú. Era otro.
Estábamos en una casa antigua, grande pero bonita. Era rústica.
Tenia patio con plantas, árboles grandes y un río que habían hecho (no era natural)
Era super lindo. Pero no iba allá.
Un hombre, pero no eras tú. Era otro.
Estábamos en una casa antigua, grande pero bonita. Era rústica.
Tenia patio con plantas, árboles grandes y un río que habían hecho (no era natural)
Era super lindo. Pero no iba allá.
Era de noche, estilo madrugada.
La casa era grande, al llegar, uno se encontraba con el primer piso y había un segundo piso, aunque yo tampoco iba ahí. Había una puerta que llevaba al subterráneo que habían hecho como una habitación bien grande. Si, ahí estaba yo.
Las paredes eran de ladrillo y piedra, era bonito.
Era tibio, como una noche de verano o primavera, cuando hace calor, pero por la brisa necesitas un chaleco liviano. Así era.
Y aunque era el subterráneo tenía unas ventanitas angostas bien arriba que daban justo a nivel de la tierra. Yo podía ver el pasto de afuera, y las luces de la calle. Tanto silencio me hacía sentir bien, tranquila, segura, como en la noche de navidad, en que nada puede salir mal, y todos se quieren.
Parecía un escondite perfecto.
La habitación era grande, tenía unos sillones terracota, y todo era en colores tierra.
Era rústico pero no se sentía seco. Era invitante.
Yo estaba usando unos shorts y una polera sin mangas.
No tenía frío, pero sentía la brisa fría en mis piernas y en mis brazos.
Sentía mi pelo suave sobre los hombros, tenía la cara limpia. Como si me hubiese tomado el tiempo de lavarme la cara y desenredarme el pelo la noche anterior.
Y camino.
Camino al rededor de este escondite mágico y silencioso, tierno, privado.
Y miro todo, con mis ojos casi ciegos, pero mi alma veía, mis sensaciones veían lo que mis ojos no alcanzaban a notar.
Miro las luces de afuera, y nunca me pregunto dónde estoy, yo sabía perfectamente donde estaba, quién era y qué hacía ahí.
Y sigo caminando.
Hasta pasar una pared delgada, en la que veo que había alguien en una cama. Durmiendo, confiándome.
Me acuesto.
La cama no era tan grande, pero era perfecta, no necesitábamos más.
Las sábanas eran blancas, con detalles rojos. No era de mujer, era el tipo de sábanas que te encuentras al ser "visita".
Antiguas porque las tienen hace años, pero nuevas por el uso.
Eran suaves, no era algodón. Me hacía sentir bien, resguardada.
El marco de la cama era de madera, y toda la pieza tenía el mismo diseño que el resto de la casa, madera cafe, fuerte. Que no se rompe si gritas, ni tiras o mojas. Estoicamente la madera queda ahí, fuerte y dura, hasta que la quemen, o se la lleven.
Rústica, pero siempre hogareña, acogedora como los brazos de tu madre, fuerte como la voz de quien la embarazó.
Al acostarme siento el calor de él, que no sé quién es, pero se sentía bien.
Aun así, no lo toco, solo estoy al lado, suficientemente cerca para poder sentir que el estaba ahi, su calor corporal, su aura presente.
Y me relajo.
Respiro suave y hondo hasta querer dormir.
Y él se da vuelta hacia mi, aunque yo, con los ojos cerrados le hablo, no lo veo.
Pero su cuerpo era distinto, lo conocía. No me atreví a mirar, aunque ahora sabía quién era. No lo sentía hace mucho tiempo y ahora se sentía nuevo.
Yo estaba boca arriba, con los ojos cerrados, y el se acurruca a mi lado derecho.
Hablándome.
Preguntándome cosas.
Yo no respondo, yo estaba callada, escuchando como si no me preguntara preguntas pero me contara una historia, una experiencia, o un sueño.
Él me hacía cariño en el brazo, lo tomaba, yo sentía su pulso.
Se aleja, pero mantiene su mano sobre mi vientre, su piel estaba tibia, y yo, fría.
Se sentía como una coalición entre dos mundos, fuego y hielo, sal y azúcar, bosque y desierto. Que si me concentraba en su tacto salía fuego, arrepentimiento, deseo de ver más.
Él hacía comentarios nulos,
"Que suave es tu piel"
"Estoy feliz de estar aquí"
"Duérmete", casi como petición.
"Estoy feliz de verte"
"Quédate"
"Asi me gusta tenerte"
"Duérmete", que aprovechara estar ese minuto ahi, que después todo se va. Que me acuerde siempre. Que me durmiera, que él estaba tan feliz.
Y yo me dejo querer, dejo que me cuide, que tire el tiempo y lo esconda lejos.
Se sentía tan real el sentimiento, sus palabras eran genuinas, eran tan amorosas.
Todo era tan familiar, pero tan desconocido al mismo tiempo.
Había algo entre los dos, no era amor, no era deseo.
Era como un amor cariñoso, pero con curiosidad, con nostalgia.
Había algo entre los dos que aun no podíamos olvidar, algo que nos ataría para siempre, como el cordón de lata que te mantiene vivo en un viaje que tomas en tus sueños, fuerte e ilimitado, pero en un abrir y cerrar de ojos se corta, por culpa tuya, o de alguien, tan incierto y tan real, que una vez que se corta pides perdón, tienes miedo porque no sabes el futuro, le temes a lo definitivo.
La casa era grande, al llegar, uno se encontraba con el primer piso y había un segundo piso, aunque yo tampoco iba ahí. Había una puerta que llevaba al subterráneo que habían hecho como una habitación bien grande. Si, ahí estaba yo.
Las paredes eran de ladrillo y piedra, era bonito.
Era tibio, como una noche de verano o primavera, cuando hace calor, pero por la brisa necesitas un chaleco liviano. Así era.
Y aunque era el subterráneo tenía unas ventanitas angostas bien arriba que daban justo a nivel de la tierra. Yo podía ver el pasto de afuera, y las luces de la calle. Tanto silencio me hacía sentir bien, tranquila, segura, como en la noche de navidad, en que nada puede salir mal, y todos se quieren.
Parecía un escondite perfecto.
La habitación era grande, tenía unos sillones terracota, y todo era en colores tierra.
Era rústico pero no se sentía seco. Era invitante.
Yo estaba usando unos shorts y una polera sin mangas.
No tenía frío, pero sentía la brisa fría en mis piernas y en mis brazos.
Sentía mi pelo suave sobre los hombros, tenía la cara limpia. Como si me hubiese tomado el tiempo de lavarme la cara y desenredarme el pelo la noche anterior.
Y camino.
Camino al rededor de este escondite mágico y silencioso, tierno, privado.
Y miro todo, con mis ojos casi ciegos, pero mi alma veía, mis sensaciones veían lo que mis ojos no alcanzaban a notar.
Miro las luces de afuera, y nunca me pregunto dónde estoy, yo sabía perfectamente donde estaba, quién era y qué hacía ahí.
Y sigo caminando.
Hasta pasar una pared delgada, en la que veo que había alguien en una cama. Durmiendo, confiándome.
Me acuesto.
La cama no era tan grande, pero era perfecta, no necesitábamos más.
Las sábanas eran blancas, con detalles rojos. No era de mujer, era el tipo de sábanas que te encuentras al ser "visita".
Antiguas porque las tienen hace años, pero nuevas por el uso.
Eran suaves, no era algodón. Me hacía sentir bien, resguardada.
El marco de la cama era de madera, y toda la pieza tenía el mismo diseño que el resto de la casa, madera cafe, fuerte. Que no se rompe si gritas, ni tiras o mojas. Estoicamente la madera queda ahí, fuerte y dura, hasta que la quemen, o se la lleven.
Rústica, pero siempre hogareña, acogedora como los brazos de tu madre, fuerte como la voz de quien la embarazó.
Al acostarme siento el calor de él, que no sé quién es, pero se sentía bien.
Aun así, no lo toco, solo estoy al lado, suficientemente cerca para poder sentir que el estaba ahi, su calor corporal, su aura presente.
Y me relajo.
Respiro suave y hondo hasta querer dormir.
Y él se da vuelta hacia mi, aunque yo, con los ojos cerrados le hablo, no lo veo.
Pero su cuerpo era distinto, lo conocía. No me atreví a mirar, aunque ahora sabía quién era. No lo sentía hace mucho tiempo y ahora se sentía nuevo.
Yo estaba boca arriba, con los ojos cerrados, y el se acurruca a mi lado derecho.
Hablándome.
Preguntándome cosas.
Yo no respondo, yo estaba callada, escuchando como si no me preguntara preguntas pero me contara una historia, una experiencia, o un sueño.
Él me hacía cariño en el brazo, lo tomaba, yo sentía su pulso.
Se aleja, pero mantiene su mano sobre mi vientre, su piel estaba tibia, y yo, fría.
Se sentía como una coalición entre dos mundos, fuego y hielo, sal y azúcar, bosque y desierto. Que si me concentraba en su tacto salía fuego, arrepentimiento, deseo de ver más.
Él hacía comentarios nulos,
"Que suave es tu piel"
"Estoy feliz de estar aquí"
"Duérmete", casi como petición.
"Estoy feliz de verte"
"Quédate"
"Asi me gusta tenerte"
"Duérmete", que aprovechara estar ese minuto ahi, que después todo se va. Que me acuerde siempre. Que me durmiera, que él estaba tan feliz.
Y yo me dejo querer, dejo que me cuide, que tire el tiempo y lo esconda lejos.
Se sentía tan real el sentimiento, sus palabras eran genuinas, eran tan amorosas.
Todo era tan familiar, pero tan desconocido al mismo tiempo.
Había algo entre los dos, no era amor, no era deseo.
Era como un amor cariñoso, pero con curiosidad, con nostalgia.
Había algo entre los dos que aun no podíamos olvidar, algo que nos ataría para siempre, como el cordón de lata que te mantiene vivo en un viaje que tomas en tus sueños, fuerte e ilimitado, pero en un abrir y cerrar de ojos se corta, por culpa tuya, o de alguien, tan incierto y tan real, que una vez que se corta pides perdón, tienes miedo porque no sabes el futuro, le temes a lo definitivo.
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